Ángel sin alas

Te gusta verte como la Viuda Negra, la Mantis Religiosa, la Maléfica del cuento… Pero no te engañes y reconoce lo inevitable: pierdes un trocito de ser con cada persona que entra en tu vida.

Regalas sentimientos en una sociedad en la que todo está en venta. Eres una loca, una hippie anticuada que pone emoción en cada borla de sus pulseras. Nena, que las venden a 0’50€ en «los chinos». Espabila.

Vas de moderna, de independiente, pero tú eres «animal de compañía». Sigues creyendo en la bondad de la gente, en las segundas oportunidades, en el bien. Pero ese bien que se lleva en las entrañas, no el que publicitan en anuncios low cost.

Y sigues tozuda, haciendo preguntas obsoletas, esas que nadie hace ya porque saben a rancio, a biblioteca.

Impresionante. Sí, eso te llaman a veces. «Eres impresionante», y lo dicen con la boca llena. ¿Impresionante de qué? ¿Impresionante por qué?

Estás harta. Aburrida. El hastío te corroe las entrañas. Tú misma te miras, desde lo alto, con otra perspectiva, y no te impresiona. Solo ves carne y huesos cubriendo un alma tan libre que te da pánico. Piensas que al menos eres afortunada, en otra época hubieses ardido en la hoguera. Por hereje, por bruja, por mujer, por sentir, por amar, por odiar.

Ves a esa pareja en el metro. Una pareja normal, despidiéndose antes de ir a trabajar y se te empaña la vista. ¿Y qué me dices de esa niña? Jugando con su muñeca, sonriente, ignorante de todo lo que está por llegar. Otra lágrima que te esfuerzas por retener.

Impresionante, dicen. No, quizá impresionable. Y que nada te deje de impresionar.

Camuflas dolor con sonrisas. Haces humor donde hay tristeza. Das apoyo cuando necesitas un hombro. Y la carga, la soledad, el vacío cada vez es más intenso. Lo sé. Lo sabes.

Quizás esto es lo que sienten las mariposas dentro de sus capullos, cuando todavía son orugas. Quizás a esto es a lo que se refieren con «después de la tormenta llega la calma». Quizás.

Vales, vales mucho. Eso es lo que dicen ¿no? Pero hay días que ni la mejor banda sonora te convence de ello. Sientes que eres un fraude. Y por un lado eso te causa alivio, te hace sentir más humana. Piensas que de eso trata la vida: de preguntas, de cuestionar los pasos que se dan. Sin embargo, es inevitable sentir un escalofrío. Como cuando estás frente a un precipicio y se te acelera el pulso.

Pero no, tú sigues sonriendo porque te sientes cómoda en tu papel de ángel sin alas.

Gracias

Gracias a todos…

A los que hicieron que abriese los ojos y viese el precipicio ante mí.

A los que me enseñaron a no dormir y disfrutar de las madrugadas.

A los que me obligaron a verme reflejada en el espejo para amar cada una de mis imperfecciones.

A los que me hicieron sentir cada caricia como si fuese la primera.

A los que provocaron lágrimas convertidas en sentimientos escondidos bajo un alma con coraza.

A los que me forzaron a descubrir de qué pasta estaba hecha con su desprecio.

A los que me enseñaron a decidir quién sí y quién no.

A los que me dieron la oportunidad de huir durante unas horas bajo el cobijo de su compañía.

A los que desaparecieron con la llegada de los primeros rayos de sol o de un lunes aséptico.

A todos ellos, gracias.

Nada

Cuando sientes un vacío que llena cada recoveco de tu piel es difícil abrir los diques de tus fronteras. ¿Cómo se libera la nada?


¿En qué momento dimos permiso para salir a una lágrima descarriada? Y lo peor de todo, ¿por qué provoca esa huída una simple frase, un roce o la visión de una hoja seca en el frío cemento?


Ni siquiera es oscuridad lo que rebosa de nuestros pensamientos. Solo la nada, el vacío, un silencio hilarante que perfora los tímpanos.


Acostumbrados a la acción, la reacción y, con suerte, la solución; somos incapaces de detectar el desgaste que nos provoca el movimiento. Y llega la calma, y con ella el agotamiento y la comprensión de la evidencia: solo queda la nada.


Te has perdido. Te acurrucas como un niño haciéndote un ovillo. Cierras los ojos, como cuando de pequeño en la cama te cubrías la cabeza convencido de que esa sábana era el mejor escudo contra los monstruos nocturnos.


Sin embargo, tus párpados cerrados no tienen el mismo poder mágico. No te ayudan a encontrarte. Sabes quién eres, la sombra de tu silueta intenta recordártelo cada mañana, pero no tiene éxito.


Miras hacia atrás y observas las huellas que dejaron tus pasos: recorriste mucho camino. Te convences de que seguirás pisando con la misma fuerza, pero la nada, implacable, absorbe ese atisbo de esperanza como si de un agujero negro se tratase.


Quieres abofetear ese estado de muerte. Le gritas esperando que se enoje y por fin te plante cara para poder tener la excusa de luchar, de gritar, de expulsarlo de tu cuerpo a puñetazos hasta que te sangren los nudillos.


Pero… ¿Cómo se lucha contra la nada?

Diente de león

Se acostumbró a su vestido amarillo, a la caricia del sol, a nutrirse a cuenta gotas, aprovechando cada tormenta de verano como si pudiese ser la última.


Pensó que podría vivir así eternamente, pero llegó el fin del verano y con él, la transformación. Lo vio a su lado, admiró su blanco inmaculado: primero con miedo y curiosidad, después con ternura y celo.


Comprendió que ella no nació para bailar con vestidos dorados, que su naturaleza era la que le mostraba su compañero de jardín: decidido, conocedor de su destino, orgulloso de su camino.


Las primeras hojas de sus vecinos cayeron y, la leve brisa se convirtió en viento helado.


Se quedó sola y, mientras veía desaparecer a su compañero, lo envidió.
Envidió el vuelo de cada una de sus cipselas y se prometió volar igual de alto.

El oficio de Hada cada vez está más chungo

—¡Ojalá pudiese ir al baile! —exclamó Laura cruzando una pierna sobre la otra y en un tono más alto del que pretendía.

De repente, una nube de humo se materializó en la puerta de la cocina y tras ella, entre tosidos, apareció una señora de pelo cano y gafas de «culo de vaso». Laura dio un respingo y se acurrucó en el sofá con cara de póker sin saber muy bien si salir corriendo, arrearle con la botella de vino o lanzarle el cenicero.

—Buenas noches, Laura —saludó con un carraspeo—. Soy tu Hada Madrina.

—Vaaale…— susurró mirando la botella de vino vacía y confirmando que había bebido demasiado. Se restregó los ojos con la esperanza de que al abrirlos esa señora ya no estuviese en su comedor, pero no, ahí seguía y, además, se empeñaba en seguir hablando.

—Como decía… Soy tu hada madrina. Creo que tienes muchísimas ganas de acudir a un baile. Estoy aquí para ayudarte. ¿De qué baile se trata? Seguro que es esa gala que se celebra en el rascacielos del centro, ¿verdad? Anda que no he tenido encargos para ese evento…

Laura, atónita todavía, decidió que ya fuese producto de su imaginación provocada por el alcohol, o vete tú a saber, que fuese un hada madrina de verdad, que le seguiría el rollo. Total, no tenía otra cosa mejor que hacer.

—Pues… No, la verdad es que paso de ese rollo. Solo acudirá gente estirada. No, señora, yo quiero ir a una rave que se celebra en el el Polígono Norte.

El Hada Madrina abrió los ojos como platos, pero como buena profesional intentó ocultar su impacto. Al fin y al cabo ella no era nadie para juzgar los gustos de sus princesas.

—Bueno… En ese caso, ¿cuál es el problema?

—Nah, que las entradas cuestan cien pavos, y estamos a final de mes. Usted entienda, el alquiler, la subida de la luz que parece que no tiene fin, un sueldo de mierda…

—Aham… —asintió el Hada acariciándose la barbilla—. No te preocupes.

La señora agitó su mano derecha en un grácil movimiento y acto seguido entre sus dedos se deslizó un papel fucsia: la entrada de la rave.

Laura dio saltitos de alegría sobre el sofá cuando la tuvo en las manos y verificó que era auténtica.

—Y ahora imagino que querrás que te ayude con el vestuario, ¿verdad?

—Que va colega —negó la chica mientras desaparecía en el pasillo hacia su cuarto —. Vas a flipar con el modelito que tengo para la ocasión.

El Hada, perturbada, prefirió esperar sentada a que volviese Laura. En pocos minutos se mostró con los brazos en jarras y se paseó como si se tratase de una modelo: falda de cuero «arrantafiga» o muy corta, top de rejilla negro e incrustaciones de brillantes, botas hasta la rodilla y mini mochila de peluche con forma de araña.

Al Hada se le desencajó la mandíbula, pero volvió a su expresión neutra con rapidez.

—Bueno, pues ya tienes el atuendo… Imagino que ahora querrás que un hombre maravilloso y guapo se fije en ti. Puedo ayudarte con eso.

—Bah, ¡qué va, Hada! Yo lo que quiero es pasarlo de categoría, y oye, que si me puedo trincar a alguno, pues eso que me llevo pa’l body. Pero sin compromisos, ¿eh? Que no tengo yo el chichi para aguantar tonterias y cuentos de hadas. ¡Uy, perdón, no quería ofender!

—En fin, hija, al menos déjame que te proporcione un transporte en condiciones…

—Nada, nada, el cabify ya está a punto de llegar. Pero, oiga, ¡muchas gracias por la entrada!

—A mandar, cielo —se despidió el Hada entre otra nube de humo —. Cómo está el patio, señor… A este paso me quedo sin trabajo.

La claridad de la oscuridad

Miró los pies que quedaban al descubierto entre las sábanas y negó con la cabeza. Daba igual a quién perteneciesen, era indiferente si se trataba de unos ojos azules, verdes o tan oscuros como la noche más cerrada.

Buscó un mechero entre la maraña de objetos de su bolso y recordó que se lo había prestado a esa extraña en el baño, aquella con la que conversó con toda la naturalidad del mundo. Habían compartido risas y algunas penas. Se despidieron en las escaleras con un guiño de ojos.

Abrió la puerta de la habitación intentando hacer el mínimo ruido para no despertar al dueño de los pies y entró al comedor con la esperanza de que sobre la mesa hubiese algún mechero. Sí, entre los cascos de cerveza, las copas de vino, la tarjeta de crédito y el billete de diez euros enrollado, había uno azul. Se encendió por fin un cigarro y se dejó caer sobre el sofá.

El teléfono emitió un pitido: batería al límite. «Ya somos dos», pensó mientras recordaba cómo había bailado la noche anterior con dos tipos a los que invitó a varios chupitos. Había disfrutado de sus carantoñas, de sus acercamientos velados, de sus lenguas calientes recorriendo su cuello.

Sintió una pequeña molestia en el muslo cuando cambió de postura y se levantó la camisa: un hematoma de tonos rojizos y morados decoraba su piel. Sonrió recordando el momento preciso en el que fue provocado, entre jadeos y susurros al oído.

Y sin embargo, mientras recogía del suelo un sujetador, un vestido y todas sus demás cosas, no pudo evitar que una lágrima se escapase furtiva rodando por su mejilla.

Maldijo en silencio a su cerebro por tener la mala costumbre de ser tan realista, tan verdadero, tan consciente de la verdad. Le encantaría poder apagarlo de vez en cuando, le encantaría tener la capacidad de sumirse en una vida de fantasía, como hace la mayoría de la gente. Quería convencerse de lo bella que es la vida, con todo su amor, su romanticismo, con amistades verdaderas, de esas que no fallan.

Volvió a negar con la cabeza y ella misma se dijo que ese gesto había pasado a ser demasiado recurrente. Quería dejar de ser la mujer valiente, la que puede con todo, la que hace frente a los problemas con una sonrisa, la que arrasa como un tornado por donde pasa, la que no tiene pelos en la lengua, la que analiza y sopesa a todo aquel que se cruza en su vida para intentar comprender sus acciones, sin juzgar, sin coartar.

Se restregó los ojos con el dorso de la mano dejando un manchurrón negro en él y salió de la casa sin despedirse de los pies que seguían durmiendo.

Muerte a las frases de autoayuda

—¡Oh, por dios, estoy fatal!

—No te preocupes, aquí tengo las frases perfectas para que salgas de ese pozo.

Abro paréntesis (esto no es una crítica a los libros de autoayuda, estoy convencida de que para mucha gente pueden resultar útiles) Y cierro paréntesis. Bueno no, los vuelvo a abrir (llevo dos cervecitas) Ahora sí, cierro paréntesis.

Cuando estás mal es imposible que alguien sienta tu dolor, tu soledad o cualquiera que sea el sentimiento que tengas igual que tú. Nadie puede meterse en tu mente, apretar un botón y resetear tu cerebro a «modo fábrica». Sin embargo, hay que ser positivos, o eso nos venden, así que solo piensa que el tiempo lo cura todo (¡mierda, me ha salido una frase de autoayuda). Siento el topicazo.

Vamos al top ten de las frases de motivación, o al menos, las que más gracia me hacen:

1-El tiempo todo lo cura. Por dios, pues que mi reloj vaya más rápido.

2-Todo va a ir bien. ¿Disculpa? ¿Tienes una bola de cristal? ¿Puedes firmarme eso ante notario?

3-No podemos hacernos responsables de lo que hace/dice/piensa el resto de la gente, pero sí de como queremos que eso nos afecte. ¿Eso quiere decir que no me puedo permitir sentir un odio que me quema las entrañas? Vale, vale, pues nada guardo la catana. ¿Tampoco puedo llorar por ese comentario? Ok, no hay problema cierro los conductos de mis ojos y pongo el toque de queda a mis lágrimas.

4-No puedes parar las olas, pero puedes aprender a surfear. Lo siento, pero soy un poco torpe, antes de aprender a surfear me han picado cinco medusas, me he hecho un esguince en el tobillo intentando subir a la tabla y he tragado medio océano.

5-No todos los días son buenos, pero siempre hay algo bueno en todos los días. Toda la razón: hoy he pisado una mierda, pero estaba seca y no me ha costado despegarla de la suela.

6-Cada minuto que estás cabreado pierdes sesenta segundos de felicidad. ¡Oh, pero qué bien lo pasé imaginando cien maneras de asesinar! ¿Eso puede considerarse felicidad?

7-Nadie te puede hacer sentir inferior sin tu consentimiento. ¿Lo has oído, cerebro? Toda la culpa es tuya, coñe. Aprende a quererte un poquito más que parece fácil.

8-Las cosas que odiamos de nosotros mismos no son más reales que las cosas que nos gustan de nosotros mismos. Creo que voy a cambiar el espejo, debió de tocarme el de la madrastra de Blancanieves.

9-El viaje es tan importante como el destino. No sé yo qué decir, si tiene muchas curvas acabaré potando.

10-¡Solo sé tu misma! Genial, eso puedo hacerlo, siempre he querido ser Mystique, pero todavía no había conseguido mutar…

Foto: Pixabay-Tumisu

Corazas

¿Escuchas los tambores?

Ven, acércate, ha llegado el momento de iniciar la batalla.

Ven, no pienses en el resto de combatientes, en sus gritos, en sus jadeos. Esas luchas no te pertenecen.

Ven, voy a desarmarte sin tocarte, solo con una mirada tan profunda que desgarrará tu corazón. ¿Lo ves?Te descuidaste: has perdido tu machete.

Ven, sigue con tu furia, no te servirá de nada cuando sientas mi aliento en tu cuello. Tranquila, no vas a necesitar ese escudo.

Ven, muerde y agítate rebelde, pero no olvides que con solo un roce en tu piel puedo despojarte de tu coraza. Me encanta el sonido al oírla chocar contra el suelo.

Ven, traga tu rabia acompañada de la sal de tus lágrimas y, solo entonces, cuando todos tus miedos se sientan desnudos, vulnerables y tan expuestos como tu piel, pediré clemencia porque entenderás que yo soy el derrotado.

Tú ganas, guerrera. Tenías la victoria incluso antes del primer toque de tambores.

Foto: SilviaP_Design

Volver al nido

Hace casi un año que no publicaba en este espacio (mi espacio, mi nido, mis inicios), y lo que es peor todavía, hace más de un año que no publico contenido real, del auténtico, de ese que me hacía vibrar y que era mi marca, mi sello.

En un principio intenté camuflar mi desidia excusándome en la falta de tiempo, en el inicio de nuevos proyectos, pero la cruda realidad es que me apagué, poco a poco. Fui espectadora de mi titilar y en vez de cambiar la bombilla esperé ansiosa la oscuridad.

Di de comer al gusanillo de la escritura sustituyendo el blog por publicaciones en Instagram o Facebook, como si esas migajas más directas, sencillas y a tiempo real, pudiesen frenar mi gula. No ha sido así. Como mucho me han permitido expresar parte de mi ira, mi felicidad, o mi ilusión (y también, como no, soltar alguna indirecta encubierta con un relato). Sin embargo esa no soy yo, o quizá sí, pero solo en parte.

Echo de menos el deshago que me produce vomitar todo lo que pienso sin límite de caracteres, sin esperar un like o un comentario. Regurgitar y esputar. Reconozco que disfruto con los bloqueos del blog en alguna red social por considerar mis arcadas contenido no apropiado. Eso me hace pensar que lo que escribo pica, y si pica, por algo será.

Aquí me inicié y mandé a tomar viento fresco todos mis miedos. Aquí aprendí de muchos de vosotros. Aquí conocí a gente maravillosa dispuesta a ayudar. Aquí ,también, recibí las primeras críticas (unas más constructivas que otras). Aquí perdí la virginidad a esto que se le llama escribir para ser leído (porque la escritura siempre ha estado en mi vida, aunque oculta), disfrutando, siendo yo misma.

De aquí han salido relatos cortos de todo tipo, opiniones salidas de las entrañas o del infierno, historias que acabaron convirtiéndose en novelas, colaboraciones con otros autores e incluso concursos que intentaron inspirar a otros y animarles a que sacasen todo lo que tenían dentro olvidándose del qué dirán.

Abro la puerta de este lugar con miedo y nerviosismo. Chirrían las bisagras, pero les echaré 3 en 1. Los muebles están llenos de polvo y hay alguna telaraña, pero abro las ventanas y subo las persianas: la luz es reconfortante y me da tranquilidad y mucha paz.

Quiero regresar a mi hogar y sentir el abrazo cálido tan característico de una madre.

Quiero reencontrarme y descubrir que sigo siendo la misma, pero con más cicatrices y con mucho por contar.

Quiero despertar.

Quiero volver al nido.

Sigo aquí

Buenas noches. Creo que os debo una disculpa por mi ausencia, o al menos una explicación. He visto que algunos os habéis preocupado porque no he propuesto ningún reto de Emociones en 50 palabras para noviembre y, debido a ello, me he dado cuenta de que no os había dicho nada al respecto. Toda una falta de consideración por mi parte.

He decidido que durante estos dos meses que quedan para finalizar el año no voy a iniciar nada que no pueda disfrutar por completo y entre ellos está el reto. Ya sabéis que me encanta leer vuestros relatos y prestarles toda la atención. Me gustan los detalles y cuidar como se merece ese espacio, es lo mínimo que os debo.

¿La explicación a este kit-kat? Tengo nuevos proyectos tanto laborales (mi trabajo «de verdad»), como formativos y personales, así que estoy hasta arriba y no me quedan horas. Bueno, siempre podría dormir solo un par de horas, pero no veo factible ir paseándome por ahí como un extra de «Guerra mundial Z».

Todo está bien. Sin embargo, este año tan raro y triste me ha hecho ver que las oportunidades e ilusiones hay que aprovecharlas porque no sabemos dónde y cómo estaremos mañana. Estoy dispuesta a terminarlo con esfuerzo, valentía, muchas ganas de mejorar y sobre todo, con una enorme sonrisa por haberme dejado llevar por mis sueños y mis propias decisiones.

Solo quiero que sepáis que sigo aquí. No dejaré de escribir alguna que otra entrada, alguna de mis divagaciones. Escribir es mi pasión y ni la COVID de las narices sería capaz de arrebatarme las ganas de hacerlo. Retomaré el reto en enero con total normalidad y con ganas renovadas (Israel y Luna, pasaré lista). Además, también os comento que suelo escribir algún que otro microrelato en Instagram (es rápido, sencillo y puedo hacerlo en cualquier parte donde me viene la inspiración). Si queréis seguirme esta es mi cuenta @sadire_lleire, allí podéis dejar cualquier comentario y leer mis idas de pinza.